Naturalmente que qué más quisiera,
puesto que ya ni más quemas ni menos
que lo que yo sé arder, sin ser mis frenos
sino lo que aprendí una vida entera
como quien dolorosamente espera
de tantos labios y ojos como truenos,
dulcificarte, pues, tantos venenos,
mundo profano o sacra primavera,
borrar la estupidez, que el tiempo acabe
por someter los hechos y los sueños
y ésto no sepa al amargor que sabe,
qué duda cabe, y ni aún parece
que los menores males sean pequeños
para este corazón que no perece.