C) Primeras aportaciones a una teoría de la neurosis de angustia.

Llegamos así al tercer apartado del artículo que comienza advirtiendo que se trata de “una primera tentativa” de formular una teoría al respecto, cuyo enjuiciamiento no debe influir en la admisión de los “hechos” descritos con anterioridad.

A continuación, resume una serie de deducciones fundamentales sobre la neurosis de angustia:

1. Que el mecanismo se basa en una acumulación de excitación, desarrollándose una angustia que “no es susceptible de una descarga psíquica”. Aquí la angustia no se debe a un sobresalto, el cual en todo caso podría dar lugar a una histeria o a una neurosis traumática pero no a una neurosis de angustia.

2. Que el factor decisivo es la falta de satisfacción. La angustia no se debe al temor a que falle el método del coito interrumpido puesto que también afecta a mujeres que no pueden quedarse embarazadas.

3. Que se inicia con una patente disminución de la libido sexual, del “placer psíquico”, porque así lo ha observado en series enteras de casos. Y aquí hay que recordar que el concepto de libido que está manejando es muy distinto al que desarrollará a partir de 1910, por ahora se refiere a la libido igualándola a “placer psíquico”.

Todas ellas le conducen a la conclusión de que:

“(…) el mecanismo de la neurosis de angustia ha de ser buscado en la desviación de la excitación sexual somática de lo psíquico, y en un consiguiente aprovechamiento anormal de dicha excitación.”(43)

Para aclararlo más, nos expone a continuación sus consideraciones sobre el proceso sexual: En el hombre, a partir de la madurez sexual, la excitación sexual somática se ha de manifestar primero sobre los nervios de las paredes de las vesículas seminales y, tras la suficiente acumulación, habrá de vencer las resistencias opuestas y llegar a alcanzar la corteza cerebral, momento en que se traducirá en estímulo psíquico, cargará de energía las representaciones sexuales y generará una tensión libidinosa que el sujeto sólo podrá hacer cesar con el “acto específico o adecuado”, el cual para Freud implica tanto el orgasmo (“acto reflejo espinal”) como el placer preliminar (“los preparativos psíquicos necesarios”). En la mujer, a pesar del “problema que plantean las confusas y artificiales oscilaciones de la pulsión sexual femenina”, considera que también hemos de admitir un proceso similar, es decir, que la excitación sexual somática ha de convertirse primero en estímulo psíquico y cargar representaciones sexuales para generar la tensión libidinal que exigirá su descarga a través del acto específico.

Tenemos pues dos niveles bien diferenciados: Primero la excitación somática que se produce en los órganos sexuales y desde allí estimula continuamente el sistema nervioso a nivel periférico, y después el estímulo psíquico que esta excitación produce de forma intermitente a nivel del sistema nervioso central cada vez que por su acumulación logra traspasar las barreras y llegar a la corteza cerebral. Sólo en este segundo nivel se produce la elaboración psíquica de la excitación, se cargan las representaciones sexuales y se origina la tensión libidinal que exige el acto adecuado para su descarga. Así ya nos puede explicar mejor Freud la diferencia entre neurastenia y neurosis de angustia:

“La neurastenia surge siempre que la descarga adecuada -el acto adecuado- es sustituida por otra menos adecuada, esto es, siempre que el coito normal en condiciones favorables queda sustituido por la masturbación o la polución espontánea. A la neurosis de angustia llevan todos aquellos factores que impiden la elaboración psíquica de la excitación sexual somática. Los fenómenos de la neurosis de angustia surgen por el hecho de que la excitación sexual somática desviada de la psique se gasta subcorticalmente en reacciones nada adecuadas.”(44)

Seguidamente, comprueba que estas condiciones etiológicas explican perfectamente los factores, los hechos que ya expuso con anterioridad que había constatado en la clínica a través de sus casos tanto de hombres como de mujeres con neurosis de angustia, y hacia el final escribe dos párrafos que conviene destacar. El primero dice:

“La teoría aquí expuesta presenta en cierto modo los síntomas de la neurosis de angustia como subrogados de la acción específica omitida sobre la excitación sexual. En su apoyo recordemos ahora que también en el coito normal se gasta secundariamente la excitación en diversos fenómenos físicos, tales como palpitaciones, aceleración del ritmo respiratorio, sudores, congestión, etc. En el correspondiente ataque de angustia de nuestra neurosis nos hallamos ante tales mismos fenómenos separados del coito e intensificados.”(45)

Roberto Mazzuca llega a deducir de este párrafo que no es que la excitación sexual se transforme en angustia, sino que se descarga en forma de angustia: “La angustia no es un equivalente de la excitación sexual sino de su descarga, y más precisamente un equivalente del orgasmo”(46). Bien, esto por una parte recuerda la comparación que hace Lacan en el Seminario 10 del orgasmo con “la pequeña muerte”(47) y, por otra, entra en contradicción en cierta medida, no solamente con lo que escribe Freud al respecto a lo largo de toda su obra (hasta cuando declara que ya no puede seguir sosteniendo tal teoría), sino también con lo que explican generalmente los demás autores contemporáneos, como Montserrat Puig y Jorge Sosa por ejemplo, quienes consideran que lo que aquí se lee es que los síntomas de la neurosis de angustia (y consiguientemente la angustia misma) “se derivan directamente de ‘la acumulación’ de una tensión sexual orgánica que no ha encontrado forma de satisfacción, y que ‘se traduce’ en forma de expectación angustiosa, fobias e hiperestesias”(48). Pero ya que Mazzuca nos advierte que para captar su concepción de la angustia es necesario también desprenderse de la idea de que hay una primera y una segunda teoría de la angustia en Freud, y Raúl A. Yafar nos dice que Lacan tiende a minimizar sus reiteradas afirmaciones, a partir de “Inhibición, síntoma y angustia”, de que ha abandonado su primera teoría al respecto y, además, defiende que la segunda ya se halla contenida en estos textos iniciales(49), esperaremos hasta llegar al estudio de las fobias en la obra de Lacan para tratar de dilucidar esta cuestión.

Veamos ahora el párrafo que sigue al anterior, en el que Freud diferencia entre la angustia como afecto y la angustia en la neurosis de angustia al mismo tiempo que muestra que son idénticas:

“(…) la psique es invadida por el afecto de angustia cuando se siente incapaz de suprimir por medio de una reacción adecuada un peligro procedente del exterior, y cae en la neurosis de angustia cuando se siente incapaz de hacer cesar la excitación (sexual), endógenamente nacida. Se conduce, pues, como si proyectase dicha excitación al exterior. El afecto y la neurosis a él correspondiente se hallan en íntima relación, siendo el primero la reacción a una excitación exógena, y la segunda, la reacción a la excitación endógena análoga. El afecto es un estado rápidamente pasajero, y la neurosis, un estado crónico, pues la excitación exógena actúa como un impulso único, y la endógena como una fuerza constante. El sistema nervioso reacciona en las neurosis contra una fuente de excitación interior, del mismo modo que en el afecto correspondiente contra una excitación análoga exterior.”(50)

O sea, que mientras el afecto de angustia aparece como reacción a un peligro exógeno y es pasajero, transitorio, porque éste actúa como un impulso único, la neurosis de angustia se debe a una reacción o excitación endógena que la psique no puede hacer cesar, y es un estado crónico porque la excitación sexual somática actúa como una fuerza constante. No obstante, como el sistema nervioso reacciona del mismo modo en ambos casos (en el segundo se conduce “como si proyectase dicha excitación al exterior”), se deduce que la angustia a fin de cuentas es idéntica. No es preciso padecer de neurosis de angustia para saber cómo afecta la angustia a estos pacientes, basta con haberla sufrido en alguna ocasión ante un peligro exterior e imaginar que éste se hubiera vuelto constante.

Se trata, en suma, de la primera distinción que realiza entre la “angustia real” y la “angustia neurótica”, nociones sobre las que veremos que seguirá trabajando cuando estudiemos la conferencia 25 de sus primeras “Lecciones introductorias”, “Inhibición, síntoma y angustia” y la conferencia 32 de las “Nuevas lecciones introductorias”, sólo que aquí todavía no las denomina así.

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(43) Ídem, pág. 193.
(44) Ídem, pág. 194.
(45) Ídem, pág. 195.
(46) Mazzuca, R., Lombardi, G. y Lajonquiere, C.: “Curso de Psicopatología IV: Primera nosología freudiana. Semiología y nosología psiquiátricas”, págs. 66 y 67. Ed. Tekné. Argentina, 1987.
(47) Véase Lacan, J.: “El Seminario 10: La Angustia”, pág. 284. Ed. Paidós. Buenos Aires, 2006.
(48) Puig, M., y Sosa, J.: “De la psiquiatría clásica a la clínica contemporánea”, pág. 50. Documento interno de la Universidad de León.
(49) Véase Yafar, R.A.: “El caso Hans: Lectura del historial de Freud”, pág. 156. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires, 1991.
(50) Freud, S.: “La neurastenia y la neurosis de angustia”, pág. 196. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
 

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