Capítulo IX.

Freud observa que sobre las relaciones entre la formación de síntomas y el desarrollo de angustia hay dos opiniones muy extendidas: la que supone que la angustia misma es un síntoma de neurosis y la que defiende que la formación de síntomas es emprendida para eludir la angustia, para ligar la energía psíquica que de otro modo sería descargada en forma de angustia. Él piensa que la exactitud, al menos parcial, de la segunda queda demostrada por la observación clínica. Pero le parece más preciso decir que los síntomas son creados para librar al yo de una situación peligrosa, análoga al nacimiento, que podría dar lugar a una explosión de angustia automática. Como complemento, agrega que se puede afirmar que el yo inicia la formación de síntomas, por medio del desarrollo de la señal de angustia que moviliza al principio del placer, para detener el proceso amenazador iniciado en el Ello.

Así pues, la formación de síntomas tiene dos aspectos: uno oculto a la percepción, las modificaciones que tienen lugar en el Ello para evitarle al yo el peligro, y otro visible, la formación sustitutiva.

Y al llegar aquí considera Freud conveniente introducir una corrección terminológica: nos dice que es preferible que atribuyamos a los procesos defensivos cuanto lleva hablado sobre la formación de síntomas, y que utilicemos esta última expresión sólo como sinónima de la formación sustitutiva. De esa manera, vemos que el proceso defensivo es análogo a la fuga por la que se sustrae el yo a un peligro externo, y que lo que representa, por tanto, es un intento de fuga ante un peligro pulsional.

Dos objeciones se levantan en contra:

1. Que la pérdida del amor del objeto y la castración son peligros que también nos acechan desde el exterior, y no meros peligros pulsionales. Pero ésta queda rebatida en cuanto pensamos que ni la persona amada nos retiraría su amor, ni seríamos amenazados con la castración, si no alimentásemos en nuestro interior ciertos sentimientos e intenciones. Son estos sentimientos e intenciones internos, pues, los verdaderos peligros que generan el intento de fuga.

2. Que en la tentativa de fuga ante un peligro exterior nos limitamos a aumentar la distancia espacial que nos separa de él, no lo modificamos en nada, como podríamos hacer en otro caso disparando sobre un lobo que nos acechara, por ejemplo. Mientras que en el proceso defensivo, se hace más de lo que correspondería a un intento de fuga al intervenir sobre el curso de la pulsión. Esta objeción le parece indiscutible, pero se puede explicar simplemente porque, al lado de procesos defensivos comparables a un intento de fuga, existen otros en los que el yo se defiende más activamente.

Vuelve entonces sobre lo que nos hablaba en el capítulo anterior acerca de que a cada una de las situaciones de peligro le corresponde una determinada etapa del desarrollo anímico, y hace una comparación con lo que sucede con otro afecto, el dolor, para mostrarnos que la conducta de los neuróticos en relación a las antiguas situaciones peligrosas es absurda, tan absurda como el que una mujer adulta llore dolorosamente por la pérdida de alguna chuchería como si fuese aún una niña de cuatro años.

Para tratar de explicar este fenómeno, empieza reconociendo que las neurosis infantiles generalmente son episodios regulares del desarrollo, aunque no todos los niños que las sufren se convierten después en adultos neuróticos, lo que supone que se debe a que en el curso de la maduración van perdiendo significación ciertas situaciones peligrosas. Algunas de estas situaciones peligrosas logran pasar a épocas posteriores modificando su condición de la angustia, como sucede cuando el miedo a la castración se conserva bajo el disfraz de una sifilofobia. Otras condiciones de la angustia acompañan al hombre toda la vida, como el miedo al superyó.

“El neurótico se diferencia entonces del normal en el hecho de intensificar exageradamente las reacciones a estos peligros. Por último, tampoco la edad adulta ofrece una protección suficiente contra el retorno de la situación angustiosa primitiva traumática. Parece como si para cada sujeto existiese un límite, más allá del cual fallase su aparato anímico en el dominio de la descarga de magnitudes de excitación que se necesitan utilizar.”(356)

Y finaliza el capítulo preguntándose:

“¿Por qué no son todas las neurosis episodios de desarrollo que terminan al alcanzar el mismo su fase siguiente?. ¿De dónde procede el factor que hace durar estas reacciones al peligro?. ¿Y de dónde la prerrogativa de que la angustia parece gozar sobre los otros afectos, de ser el único que provoca reacciones que se diferencian anormalmente de las demás y se oponen, como inadecuadas, a la corriente vital?. En definitiva: nos hallamos de nuevo inesperadamente ante el enigma tantas veces planteado del origen de las neurosis y de su última y especial ‘raison d'être’, problema que, después de muchos años de labor analítica, nos deja aún en la oscuridad, en el punto de partida.”(357)

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(356) Ídem, pág. 2869.
(357) Ídem.
 

Ir a INICIO Volver   Subir   Continuar